20 PUNTOS CLAVE PARA ENTENDER LA MORTÍFERA DECADENCIA DEL CAPITALISMO. Andrés Piqueras.

Andrés Piqueras.

 18 de julio 2022.


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Observatorio de Trabajador@s en Lucha


Introducción

Desde 2008 en el Observatorio Internacional de la Crisis venimos trabajando sobre las recurrentes crisis estructurales del capitalismo, sus razones profundas, en orden a poder precisar y explicar su atolladero sistémico actual, que para nosotros no es sino síntoma de su fase degenerativa (“capitalismo senil” le llamaba Amin), tendencialmente terminal, sin que “terminal” signifique necesariamente “inminente”.

Para ubicarnos en esa tendencia es preciso mostrar que las condiciones de degeneración se agudizan y que el desarrollo de las fuerzas productivas da cada vez más paso a fuerzas destructivas, con el consiguiente declive del conjunto de la civilización capitalista. Dilución del valor, destrucción social y ambiental, desmoronamiento de las sociedades…En este artículo me propongo exponer de la manera más clara y sencilla posible algunos de los procesos que explican todo ello, así como las conclusiones o implicaciones que les son anejas. Lo haré en 20 puntos, para cuya mayor profundización y exposición de datos tengo forzosamente que remitir al menos a algunos de mis anteriores trabajos al respecto (Piqueras, 2014, 2017a, 2017b, 2018 y 2022, con su correspondiente bibliografía – que incluye la del resto del equipo-). Intento sintetizar, así, de la forma más didáctica posible, algunos de los procesos y factores más relevantes para el análisis de la fase actual del capitalismo.

Punto 1. El desarrollo de las fuerzas productivas no se acompaña de un proporcional aumento del valor y de la plusvalía, que son los componentes básicos del capital. Antes bien, el valor decae y la plusvalía comienza a ponerse en peligro en esta fase del capitalismo.

El desarrollo capitalista comporta una tendencial mayor utilización de (e innovación en) tecnologías intensivas en capital, lo que entraña una menor utilización de fuerza de trabajo por unidad de capital puesto a producir. Dicho de otra forma, el capitalismo presenta una tendencia a reducir el trabajo vivo (seres humanos) en la producción directa de mercancías. Circunstancia que lleva implícito un crónico proceso de sobreacumulación de capital invertido por unidad de valor (y por tanto de plusvalor) que se es capaz de generar.

El valor refleja un tiempo abstracto que tiende a promediarse, el tiempo socialmente necesario para la obtención de una determinada mercancía (objeto o servicio), en función del desarrollo tecnológico alcanzado en cada momento histórico.
A lo largo del decurso del capitalismo ese avance tecnológico ha seguido la flecha desde la manufactura a la robotización, pasando por los procesos de mecanización y automatización:

Manufactura -> Mecanización -> Automatización -> Robotización-inteligencia artificial

Esto quiere decir que según aumenta el peso relativo del capital fijo (maquinaria o tecnología en general) sobre el variable (seres humanos) en la composición orgánica del capital, puede aumentarse la productividad, pero menor valor (y por tanto ganancia) se es capaz de generar en proporción, dado que disminuye el tiempo socialmente necesario para producir las mercancías. Veamos un ejemplo con el fin de arrojar luz sobre el problema planteado:

Consideremos simplificadamente, para facilitar el ejemplo, el tiempo de trabajo socialmente necesario sin desglosar. Si en un determinado momento (T) hacer una mercancía, p.e. una mesa de escritorio, pudiera llevar 10 días de trabajo abstracto (valor = 10 días = 240 horas = 14.400 minutos); y más tarde (T’) esa mercancía pudiera hacerse en 10 horas (10 días o 240 horas pasarían a ser 10 horas o 600 minutos = 0,04 veces del valor conseguido en T). Si en algún otro momento (T’’) el desarrollo tecnológico permitiese hacer la mesa en 10 minutos [600 minutos pasa- rían a 10 minutos = 0,016 veces el valor en T’, y 0,0007 el valor original en T (dado que de 10 días o 14.400 minutos se ha pasado a 1 día o 1.440 minutos)], el valor de esa mercancía tendería a reducirse en proporciones parecidas al intercambiarse en el mercado.

Las máquinas se desgastan con el uso, es decir, transfieren parte de su valor en cada función que realizan produciendo objetos o servicios1. Pero no generan valor nuevo2, sino que, al contrario, reducen la proporción de valor nuevo (o trabajo directo) generado por la fuerza de trabajo.

Al reducirse relativamente, además, la fuerza de trabajo en un determinado proceso productivo, disminuye tanto la masa de valor representada por ella como también la fuente de plusvalía (en cuanto que ésta sólo se extrae de los seres humanos, pues la fuerza de trabajo no sólo es la única que crea valor nuevo por capital monetario invertido, sino que ese valor es mayor que el que estaba contenido en cada unidad de producto de la maquinaria y en ella misma como mercancías; es decir procura a la clase capitalista un «plus»-valor o plusvalía, que es la sustancia del valor). Así que lo que se está poniendo en jaque a la postre es la propia ganancia capitalista, y aun cuando la maquinaria haga obtener más trabajo excedente al capitalista (aquel que no es pagado a la fuerza de traba- jo), a medio plazo esa apropiación de trabajo como «excedente» no compensa la pérdida de trabajo necesario que va quedando para producir una determinada mercancía.

Aun así, y como el desarrollo tecnológico aumenta el trabajo excedente del que se apropia el capital al reducir cada vez más el tiempo necesario para producir mercancías, todos los capitalistas, forzados tanto por su incesante competencia entre sí como por la pulsión del beneficio a corto plazo, entran en esa carrera de relevo tecnológico [por lo que aumenta la proporción de capital fijo por cada unidad de trabajo realizado (gráfico 1)], que a la postre es autodestructiva. Esto lo podemos enunciar de otra forma: el ansia de plusvalor va socavando, bajo tierra, el propio valor.

Figura 1.

Tiempo de trabajo para producir una unidad de Valor de Uso (una libra a precios de 2006, en minutos), volumen de capital fijo por hora de trabajo (libras a precios de 2006) y la tasa de ganancia en Gran Bretaña entre 1855-2009.

VKxH: Volumen de capital fijo por hora de trabajo, LT: Tiempo de trabajo y ROP: Tasa de ganancia

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Fuente: Michael Roberts, «The Marxist theory of economic crises in capitalism – part one». Available: ht- tps://thenextrecession.wordpress.com/2015/12/27/the-marxist-theory-of-economic-crises-in-capitalism- part-one/

En definitiva, la sobreacumulación de capital se da cuando el capital productivo, aquel que se reproduce a sí mismo de forma indefinida [en el ciclo dinero-mercancías (medios de producción y fuerza de trabajo)-producción-nuevas mercancías-nuevo(mayor) dinero (D-M –P– M’-D’)], no es capaz de crecer en un nuevo ciclo en medida correspondiente al nivel adquirido previamente, y por tanto no puede completar su ciclo de valorización, generando un capital que compense el capital invertido (no puede ni siquiera conservar el mismo valor que ya tenía antes de comenzar el nuevo ciclo de valorización).

La actual revolución de la relación entre ciencia y producción hace cada vez más im- probable la completitud de ese ciclo de valoración. Con ello se descomponen también las condiciones materiales de producción y de reproducción de la existencia social del capital, vale decir, de la propia sociedad.

En la Tabla 1 se expresa cómo se ha dado la caída de la tasa de ganancia para las 500 principales corporaciones transnacionales estadounidenses desde mediados del siglo XX hasta el comienzo de este siglo.

Tabla 1

Tasa de beneficio, ajustada por fecha, después de impuestos, de las 500 principales corporaciones transnacionales estadounidenses (media anual década por década, 1954-2002)

Onda larga

Años Tasa de beneficio

Ascendente

1954-1959

7,71

Ascendente

1960-1969

7,15

Descendente

1970-1979

6,30

Descendente

1980-1989

5,30

Descendente

1990-1999

4,02

Descendente 2000-2002

3,30

Fuente: O’Hara, 2004.

Y aquí se indica cómo ha evolucionado la tasa de ganancia mundial desde mediados del siglo pasado:

Figura 2. Tasa promedio de ganancia mundial

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Fuente: Maito, 2013.

Claro que si contamos sólo las economías de capitalismo avanzado ese descenso es aún mayor. Así, por ejemplo, la tasa de ganancia industrial en Japón pasó de 31,6 entre 1955-59, a 14,5 entre 1991 2000; y en Alemania cayó de 30,3 entre 1949-59 a sólo 5,2 en- tre 1991-2000. En EE.UU. lo hizo de 25 a 17,7 para esas mismas fechas (Brenner, 2009), y en el año 2000 todavía era la mitad de la de 1948 (Dumènil y Lévy, cit. en Roberts, 2017).

Punto 2. La productividad resulta adversamente paradójica en el capitalismo

Si cada vez queda menos margen para que los aumentos de la productividad repercutan en la elevación de la tasa de plusvalía, la propia productividad se convierte en un problema

cada vez más difícil de resolver para la ganancia capitalista. Expresado desde otro prisma, según la automatización de los procesos productivos va haciendo que la cantidad de tiem- po de trabajo depositada en cada producto sea menor, la productividad de cada trabajador debe aumentar (debe de ‘hacer’ más productos o servicios en la misma unidad de tiempo) para que la masa de beneficio realizable no disminuya. Es decir, si ahora una mercancía saliera con una décima parte del valor que tenía hace una década (se fabricara en 10 veces menos de tiempo), habrían de fabricarse 10 veces más elementos de esa mercancía para no perder el total del valor anterior y por tanto la posibilidad de ganancia capitalista. Lo cual conduce a la paradoja de que más aumenta la productividad de las fuerzas productivas, más se necesita que aumente para intentar salvar el beneficio. Así, si la productividad cre- ce por ejemplo un 5%, la acumulación ha de crecer al mismo nivel para mantener el empleo (y por tanto la fuente última de plusvalía). Eso quiere decir, además, que el consumo se ha de intensificar exponencialmente de cara a adaptarse a los aumentos de productividad y paralela elevación de la producción. El capitalismo, por tanto, está condenado a mantener una continua expansión del consumo a escala planetaria (lo que le obliga al logro de una pulsión consumista en las poblaciones con capacidad de compra y lleva a una permanente pugna entre los capitales por expandir el mercado y apropiarse de una mayor cuota del mismo), con la consiguiente extenuación de la naturaleza. Dicho de otra forma, dentro de la ley del valor-capital es imposible dejar de llevar a cabo tal permanente expansión depre- dadora. Contra todos los cantos de sirena del decrecentismo capitalista, si se deja de crecer se detiene el funcionamiento del capital.

Esta circunstancia tiene sus lógicos límites absolutos en la finitud de los recursos y su- mideros naturales. También en las propias posibilidades de consumo de las poblaciones. Éstas, a la postre, se muestran crecientemente incapaces de seguir el ritmo requerido por la producción capitalista y su trepidante reducción del valor, aún más según baja su po- der adquisitivo en función de la ofensiva generalizada de la clase capitalista por rebajar el precio de la fuerza de trabajo (como veremos en los puntos 6 y 7) o por apartarla incluso de los procesos productivos. Esto es así porque la destrucción y/o precarización del em- pleo que acompaña al desarrollo tecnológico erosiona constantemente la base salarial destinada a ser intercambiada por cantidades crecientes de mercancías que son posi- bles de producir. Circunstancia que da lugar al subconsumo y que es acompañante fiel de la sobreacumulación de capital. Contradictoriamente, por tanto, la pugna por expandir y adueñarse del mercado termina expulsando a más población del mercado (obligada a intentar procurarse el autoconsumo) o reduciendo su participación en él (subconsumo).

Punto 3. Si se obstaculiza el beneficio tiende a descender la inversión productiva. Hecho que se puede apreciar en la caída de la formación bruta de capital.

Según datos de la OCDE, por ejemplo, las reservas reales de capital en el sector privado no residencial pasaron en Alemania de 8,4 puntos en la década 1960-1969 a 1,4 en el lus- tro 2001-2005; en Francia fue de 11,6 a 3,2 y en USA de 4,5 a 2,1 en las mismas fechas; mientras que en Japón fue de 12,5 a 2,4 entre 1965-1969 y 2001-2005 (Brenner, 2009).

En los gráficos 3 y 4 puede verse la formación bruta de capital en el mundo, como por- centaje del PIB, y la que se da en una economía central, como Alemania.

Gráfico 3. Formación bruta de capital mundial

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Fuente: Banco Mundial. Disponible en http://datos.bancomundial.org/indicador/NE.GDI.TOTL.ZS?en- d=2014&start=1983

Gráfico 4. Formación bruta de capital en Alemania

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Fuente: Banco Mundial Disponible en http://datos.bancomundial.org/indicador/NE.GDI.TOTL.ZS?en- d=2014&start=1983

El descenso en la formación bruta de capital no es muy compatible con el aumento de la productividad (de hecho, ésta apenas ha aumentado desde comienzo de este siglo, sino más bien al contrario, como puede verse en el gráfico 5).

Gráfico 5. Crecimiento de la productividad laboral.

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Fuente: http://blogs.ft.com/gavyndavies/ 30.10.16. FT Alphaville

El Citi Global Perspectives & Solutions (2016) indica cómo el crecimiento de la pro- ductividad del trabajo para las economías de capitalismo avanzado se redujo del 4% en- tre 1965-75, al 2% entre 1975-2005, y al 1% entre 2005-2014; señalando que el aprove- chamiento de las innovaciones tecnológicas ha alcanzado hoy por hoy su pico, pues las más recientes tienen mucha menos repercusión en la productividad que las precedentes, y no parecen proclives ni mucho menos a iniciar una nueva onda de acumulación.

Punto 4. Entramos en la Cuarta Revolución Industrial, pero es una «revolución» hasta hoy en gran parte frenada por falta de rentabilidad del capital. La inversión productiva declinante a causa de la falta de rentabilidad se agrava además por la incapacidad de las nuevas tecnologías de desatar una nueva onda de acumulación.

Las nuevas tecnologías no consiguen hacer despegar la economía (nada parecido a lo que significó la electricidad, el motor de combustión, el acero, la química o la telefonía). El estancamiento de la producción y la ralentización de la productividad deben buscarse en la incapacidad del capital de absorber y generalizar nuevos adelantos técnicos, de lo que tiene gran responsabilidad la propia desinversión en infraestructura, educación y formación, y no en la escasez de inventos potencialmente importantes, dado que, paradójicamente estamos en el umbral de una nueva Revolución Industrial que puede alterar todo el curso del capitalismo y de la relación de la humanidad con el mundo.

Tal potencial «revolución» resulta de la combinación y suma de al menos las tecnologías de:

microelectrónica + informática + biogenética + nanotecnología + inteligencia artificialneurociencia + robótica.

Sólo en este último campo, por ejemplo, un informe del Bank of America Merrill Lynch (2007) destaca ocho sectores estratégicos donde los robots podrían tener un efecto eco- nómico revolucionario en el futuro inmediato: inteligencia artificial; militar e industria aeroespacial; transportes; finanzas; salud; producción industrial; servicios domésticos; minería. A lo que habría que añadir los profundos efectos de una agricultura robótica, así como de la computación cuántica. Todas estas potencialidades casan mal con el freno tecnológico con el que camina el capitalismo por falta de rentabilidad. Lo que significa que este modo de producción comienza a ser un estorbo para el desarrollo de las fuerzas productivas. Antes, al contrario, está desatando cada vez más fuerzas destructivas, en lugar de creativas.

Además de la acelerada destrucción de riqueza natural y social, de la cada vez más mortíferamente boyante industria militar y la consiguiente devastación de vida y riqueza causada, y amén de la obsolescencia programada de las mercancías, hay que considerar también la producción-basura o producción desechable que precipita el capitalismo, con la destrucción directa de vastas cantidades de riqueza acumulada y recursos elaborados. Así, por ejemplo, el achatarramiento de coches, el desechado de materiales y bienes que tienen todavía vida útil, la caducidad artificialmente prematura de alimentos… y ahora incluso ha comenzado una «moda verde» por la que hay que deshacerse lo más rápidamente posible de todo lo que no es suficientemente «ecológico», y sustituirlo por una vasta gama de nuevas mercancías que nos venden como «sostenibles».

Punto 5. La disminución del trabajo productivo agranda la importancia del trabajo improductivo.

Como cada vez hay menos fuerza de trabajo implicada en la generación de nuevo valor y crece enormemente en la economía capitalista el peso del «trabajo improductivo». Veamos una breve aclaración sobre el trabajo productivo/improductivo:

El «trabajo productivo» (por la forma), en términos de cada capitalista individual, es el que genera plusvalía o beneficio. Sin embargo, si consideramos al sistema en su conjunto (por el contenido), sólo es realmente productivo el trabajo que además de plus- valía-beneficio produce «nuevo valor», esto es, nuevas mercancías devenidas en valores de uso (sin ese «nuevo valor» el sistema se agota). Así, el comercio, el transporte, la mayor parte de los empleos públicos, las actividades bancarias y financieras, entre otras, no son «productivos» bajo la consideración del sistema capitalista en general, aunque lo puedan ser para capitales individuales. Lo cual no quiere decir que no sean importantes o incluso imprescindibles para la sociedad, simplemente hablamos de lo que significan para la dinámica del capitalismo.

Lo mismo ocurre, por su parte, con los trabajos de mantenimiento y cuidado de la sociedad, el trabajo doméstico y el reproductivo. Éstos ni siquiera son considerados «pro- ductivos» desde el punto de vista de los capitalistas individuales (no producen plusvalía directa, por más que sin ellos no podría darse la plusvalía). Sencillamente se les considera como «no-trabajo». Así dictamina el sistema capitalista su condición.

El trabajo improductivo puede ser directo e indirecto. El primero incluye al capital monetario, al capital comercial y a casi toda la esfera estatal. Desarrollemos algo más este aspecto. El capital industrial a lo largo del ciclo de producción-circulación adopta tres sucesivas formas funcionales: capital-dinero, capital-productivo y capital-mercancía, para volver a ser de nuevo capital-dinero incrementado. Como quiera que este es el ciclo básico de funcionamiento del capitalismo, se ha tendido a confundir el capital con el capital industrial, pero dentro de él sólo el capital productivo tiene la capacidad de generar valores de uso y valor al mismo tiempo.

Lo que hace el capital-dinero como capital a interés, y el capital-mercancía como capi- tal comercial, y por supuesto las formas rentistas del capital, es competir para llevarse la parte que puedan del monto total de plusvalía generado en la producción, que los capitalistas productivos tienen que repartir con ellos. Al capital a interés deben devolverle con creces el capital-dinero que éste les anticipó para producir. Al capital comercial le tienen que vender sus mercancías por debajo del precio de mercado, para que aquél compense así los gastos de comercialización. Y al rentista que les facilitó terrenos o solares, por ejemplo, le deben pagar el alquiler (renta) de los mismos. Todo ello tiene que deducírselo los capitalistas productivos de su plusvalía. Por eso, al aumentar el peso de estas formas del capital no productivas (por el contenido) la tasa media de ganancia productiva desciende.

El trabajo improductivo indirecto (TII), por su parte, es el que está destinado a gastos de legitimación o, en su caso, de mantenimiento de la dominación (elaboración ideológica, programas escolares, medios de difusión de masas, agencias de opinión, entidades de formación de conciencia, religión, …), lo que incluye gastos simbólicos y de fidelización (fútbol, fiestas, formas de «religión civil», exaltación de realeza o de la jefatura de Estado en general, formas asistenciales, clientelares…). También entran en ese capítulo de trabajo improductivo indirecto los gastos de coacción [«seguridad» militar y legal-profesional (armas, ejércitos, policía, sistemas jurídicos, abogados, prisiones…)]. Todos esos gastos no sólo se cubren con impuestos a los salarios, sino que también deben ser extraídos de la plusvalía total generada.

El TII alcanza proporciones cada vez mayores en la economía, y es previsible que aumente en todas sus modalidades según se deteriora la situación laboral y social de las grandes mayorías (como puede comprobarse ya en casi todas las sociedades del planeta), y, en general, la capacidad del sistema de generar integración y de sustentar la sociedad. En cuanto al trabajo improductivo directo cabe decir que hoy el Departamento III (el de inversiones del Estado y servicios), se ha convertido en el principal de las economías centrales, por encima del Departamento I (producción de medios de producción) y del II (producción de medios de consumo), representando dos terceras partes de las cuentas del PIB convencional que nos ofrecen las estadísticas. Más de la mitad de la in- versión contabilizada oficialmente en EE. UU. y Gran Bretaña poco antes de la crisis de 2007-2008 se debió a desembolsos en inversión no productiva (sin contar aquí el trabajo improductivo indirecto; véase Kidron, 2002). Según el estudio del McKinsey Global Institut (2013), al comenzar la segunda década del siglo XXI, la producción manufacturera representaba sólo el 20% de la producción económica mundial.

Consecuentemente con todo ello, cada vez hay más capitalistas y asalariados no pro- ductivos que tienen que repartirse para sus ganancias y salarios respectivos el menguante valor como plusvalor que se va generando. Con el tiempo esta alteración de la importancia entre el capital productivo y el improductivo supone un enorme peso para la economía capitalista en general, que conduce a su lenta pero constante asfixia.

Punto 6. Dilución del empleo. El capitalismo pierde capacidad de asalarización

Hasta ahora la lógica del pensamiento económico ortodoxo nos indicaba que el desarrollo tecnológico eliminaba trabajo en los campos en que se implantaba, pero que tal proceso no generaba pérdida de empleos sino un desplazamiento de los mismos, dado que la tendencia a la cualificación cada vez mayor de la fuerza de trabajo se correspondía con la creación de nuevas profesiones o tareas productivas. Sin embargo, esta tesis, con su conjunto de implicaciones teóricas, pudo ser válida hasta cierto punto para la Primera Edad de las Máquinas, en la que la relación entre seres humanos y máquinas estaba más o menos sujeta a una razón de complementariedad3. Esto es, aquéllas permitían a los seres humanos desligar el esfuerzo físico de sus habilidades, para poder desarrollar nuevos ámbitos de producción intelectual, al tiempo que las máquinas quedaban bajo el control humano.

La Segunda Edad de las Máquinas, sin embargo, implica que éstas sustituyan también las capacidades intelectuales humanas y puedan superar sus habilidades y destrezas en casi todos los campos. Con lo cual, la tendencia actual es que a falta de una correlación de fuerzas sociales que haga bajar significativamente el tiempo de trabajo y por tanto generalice un reparto del mismo con condiciones no degradadas, se dé una erosión de la relación contractual salarial, esto es, un declive del empleo4. Hasta ahora la combatividad social había logrado que la multiplicación por 13,6 de la productividad horaria del trabajo a lo largo del siglo XX en las formaciones sociales de capitalismo maduro, fuera acompañada de una reducción del 44% del tiempo de trabajo, con la posibilidad que tal correlación ha entrañado de repartir un empleo con garantías (circunstancia que evitó una enorme subida del paro). La intrínseca debilidad del Trabajo (en mayúsculas, como el «trabajador colectivo» de Marx) en la actualidad, dificulta la repetición de esos procesos, con la consiguiente acentuación de la tendencia a la eliminación de empleos, que ya es patente. Lo que presenciamos también por el momento es un «reparto del empleo degradado» o «basura», que se traduce en una multiplicación de fuerza de trabajo para los mismos puestos laborales, con pérdida del salario y de tiempo completo, amén de las condiciones laborales asociadas a la seguridad en el empleo. Circunstancias que permiten que aumente el número de población ocupada al tiempo que desciende significativamente el número total de horas trabajadas (como el INE y la EPA reflejan claramente para el caso español).

Mientras eso ocurre en las formaciones sociales de capitalismo avanzado, la incorporación de trabajo humano tampoco se amplía en las restantes lo suficiente como para salvar el ciclo de valor y plusvalor. El capital ha conseguido la «subsunción formal» del trabajo a escala casi planetaria (desposeer a la mayor parte de las poblaciones del mundo y hacerlas depender de las relaciones capitalistas –asalariadas- de producción), pero cada vez le cuesta más llevar a cabo la «subsunción real» de esas poblaciones a través de su conversión en fuerza de trabajo efectiva, es decir, realizadora de trabajo abstracto que genera valor. Esto significa que la relación capitalista se ha generalizado, pero no profundizado, en la consecución de trabajo abstracto.

Así, entre 1980 y 2007 la fuerza de trabajo mundial creció un 63%, de 1.900 millones a 3.100 millones de personas. Pues bien, si consideramos dentro de ella a la población desempleada, la empleada o autoempleada de forma altamente vulnerable y la inactiva en edad laboral (sin contar la creciente población que está sometida a relación salarial de forma parcial o discontinua), sumaban unos 2.400 millones de personas, 70% más que la población ocupada regularmente (Foster, McChesney y Jonna, 2011, quienes advierten que en ese enorme ejército de reserva mundial no se cuenta la creciente población que está sometida a relación salarial de forma parcial o discontinua).

A continuación, se ofrece una representación gráfica aproximada de las proporciones descritas, con el fin de facilitar la visibilidad del fenómeno.

Gráfico 6.

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Fuente: elaboración propia. Los porcentajes son meramente aproximativos, dado que el gráfico tiene un cometido más heurístico que de exactitud.

Puede verse que probablemente sólo en torno al 10% de la población activa mundial está vinculada a la relación salarial mediante un empleo «permanente» a tiempo completo (entrecomillo la designación de permanente para indicar la poca firmeza que la misma tiene en la actualidad, dado lo barato que resulta el despido).

De hecho, lo que se está dando son formas parciales o discontinuas de asalarización, informales, combinadas con una creciente utilización de trabajo no pago o semipago (Van der Linden, 2008). Según un estudio de la OIT (2012), en 2008 más de la mitad de la fuerza de trabajo mundial estaba desempleada. En un nuevo informe de la OIT (2015), esta organización indicaba que el empleo asalariado afectaba sólo a la mitad del empleo en el mundo y no concernía nada más que al 20% de la población trabajadora en regiones como África subsahariana y Asia del Sur. Dice ese informe que las formas de empleo que no devienen de la relación tradicional empleador-asalariado están en alza5. También se señala que menos de un 45% de la fuerza de trabajo que está asalariada detenta un empleo permanente a tiempo completo, y que esa proporción tiende claramente a decaer en lo venidero. Ya en 2008 advertía que incluso en las economías centrales el empleo asalariado «no estándar» se había convertido en el rasgo predominante de los mercados de trabajo.

Todo ello se corresponde con la reducción de la masa salarial mundial, que sólo en la UE fue de menos 485.000 millones de $ en 2013. Unos 6.600 millones de personas (aproximadamente el 80% de la humanidad) pueden ser clasificadas por las estadísticas al uso como pobres (Milanovic, 2006).

Podemos entonces calibrar lo que venimos anunciando sobre la importancia de la pérdida de fuerza de trabajo productiva en la valorización del capital debido al enorme incremento de la productividad (con la automatización-robotización), y su repercusión en la caída de la masa global de valor. E indisociablemente unido a ello se da la pérdida de importancia del salario como satisfactor de necesidades; su dilución como elemento de integración social, de garantía contra unas u otras formas de dependencia e incluso contra la pobreza. Todo ello da lugar también a cambios sustanciales en las relaciones de clase.

Punto 7. Se da una creciente desvalorización de la fuerza de trabajo.

La devaluación generalizada de la fuerza de trabajo tiene lugar de forma:

1/ Parcial:

  1. Como subocupación
  2. Mediante su utilización limitada o discontinua

Las innovaciones científicas provocan un ‘desplazamiento técnico’ que hace inútiles capacidades y funciones previamente ejercidas (obsolescencia programada del currículum)6, lo que suele desembocar en un relegamiento de las personas a tareas de nivel inferior, con menor retribución («subocupación»), o utilizadas esporádica o intermitentemente, a discreción.

2/ Total:

Adquiere las formas de desocupación, de para-ocupación y de «auto-ocupación».

Con la automatización-robotización crece la cantidad de fuerza de trabajo descartada, sin valor alguno, con el parejo incremento exponencial del desempleo, el subempleo o «paraempleo» (con un amplísimo abanico de empleo informal, así como sumergido) y la necesidad, a menudo desesperada, de intentar procurarse el autoempleo.

Punto 8. Aumenta el despotismo de los mercados laborales.

La caída de la tasa de ganancia aneja a la automatización, así como la pérdida de capacidad de asalarización, se han venido paliando en parte mediante una variada gama de dispositivos de extracción de plusvalía absoluta, que se suma a los de plusvalía relativa (con la combinación de formas de explotación pretyloristas, tyloristas y neotyloristas), correlacionados a la citada vinculación altamente inestable, fragmentada o parcial a la relación salarial, o incluso al aumento del trabajo fuera de la misma.

La precariedad laboral resultante de ello es del todo patente en aspectos como:

  1. la temporalidad laboral (en torno al 14% en la media de la UE antes de la pandemia);
  2. la importancia de las modalidades de trabajo sin relación laboral;
  3. la creciente extensión de la figura de los «falsos autónomos» (fuerza de trabajo externalizada para que se costee sus propios gastos sociales y corra ella misma con los riesgos del mercado);
  4. la cada vez mayor dimensión de la economía sumergida;
  5. las peores condiciones laborales en relación a aspectos como los bajos salarios, el desajuste entre la formación adquirida y el puesto de trabajo desempeñado, la prolongación de la jornada laboral (a menudo sin compensación económica) y la flexibilidad horaria, así como la elevada incidencia de la siniestralidad laboral;
  6. el menor acceso a la protección social;
  7. una tutela colectiva debilitada por el recorte de los derechos protegidos por las normas internacionales de trabajo, incluidas la libertad sindical, la negociación colectiva y la protección contra el acoso y la discriminación.

Toda esta economía política de la inseguridad y el miedo laboral coinciden en la disminución del valor de la fuerza de trabajo (pauperización) y en la reducción de su poder social de negociación. Lo cual, a la postre, deja una población asalariada en condiciones de hacer de ejército de reserva de sí misma: contratada y despedida a discreción, abordará cada nueva relación laboral con un listón reivindicativo más bajo, con un menor poder social de negociación. Circunstancia posible si los salarios se deprimen por debajo del valor de la mano de obra. O valga decir, hoy tener empleo no libra de la incapacidad de reproducir la propia fuerza de trabajo, que es a lo que se llama «pobreza». Procesos que presentan muy graves consecuencias toda vez que cada vez más parte de la humanidad va siendo desposeída de medios de vida propios y por tanto forzada a asalarizarse.

Punto 9. Se disparan los procesos de reproletarización de la sociedad: des- posesión no sólo de medios de producción y de vida sino también de los me- dios sociales de protección y seguridad (lo que se llamó «seguridad social»). Crece asimismo la explotación indirecta del trabajo.

Para intentar paliar las carencias del beneficio, se limita la redistribución y se deshacen poco a poco las prestaciones sociales. Aumenta asimismo la explotación del trabajo no-pago, fundamentalmente de las mujeres, pero también de otras formas recuperadas o nuevas de trabajo no remunerado y servil (e incluso esclavista). La sociedad entera es impulsada a realizar cada vez más trabajo por fuera del empleo. Las divisiones sexual y cultural del trabajo, si bien van adquiriendo características distintas, se van agravando de nuevo en detrimento de las partes más débiles. También la división internacional del trabajo.

Las dificultades en la explotación directa del trabajo tienden a compensarse en parte mediante la «explotación indirecta» del mismo, ya sea a través de la creciente extracción de beneficio conseguido de la conversión en mercancías del conjunto de actividades

humanas (también las que estuvieron siempre en la base del sostenimiento de la vida), ya mediante precios de monopolio y la privatización de servicios y de la esfera pública en general, que hacen del salario una creciente fuente de ganancia del capital. Lo cual constituye una técnica de extracción indirecta permanente de plusvalía mediante la recuperación por parte de la clase capitalista del trabajo pagado (salario). Otras facetas de esa «técnica» son el emprendedeurismo o la recuperación capitalista de los ahorros del salariado, mediante su colocación en el circuito de valorización del capital (inversiones de la fuerza de trabajo como «autónoma» para poder autoemplearse y cuya absoluta mayoría fracasa en uno o dos años), o bien en el ámbito financiero-especulativo. En general, se intenta una compensación parcial de la pérdida de plusvalor productivo a través de un ingente trasvase de riqueza colectiva o social a manos privadas.

Punto 10. Explota la desigualdad.

En su informe sobre la participación de los salarios en el producto nacional, la OIT anunciaba en 2012 que en 16 economías de capitalismo avanzado la participación salarial media decayó del 75% del producto nacional a mitad de los años 70, al 65% en los años justo anteriores a la crisis de 2007-2008, volviendo a decaer a partir de 2009. En otras 16 economías «en desarrollo» y «emergentes» estudiadas, el informe señala que esa participación media de los salarios cayó del 62% del PIB en los primeros años 90, al 58% justo antes de esa crisis.

Por su parte, Oxfam publicaba el 20 de enero de 2014 un informe que desglosa cómo ha crecido, por contraposición, el porcentaje de participación en la renta del 1% más rico de la población en 24 de los 26 países que tienen registrados estos datos, según The World Top Incomes Database (en el gráfico 7 se puede apreciar la estructura de esa monstruosa desigualdad en el caso de España, a partir del análisis del Colectivo Ioé (2012).

Gráfico 7. Renta percibida por el 99%, el 1% y otros segmentos de renta en España, 1981-2009.

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Fuente: Colectivo Ioé, (2012).

A escala global Oxfam señalaba en 2014 que el 10% más rico del planeta poseía el 86% de los recursos, mientras que el 1% acaparaba cada vez más cerca de la mitad de la riqueza mundial. A partir de aquel año ese 1% ya tiene más de la mitad de la riqueza del mundo.

El estudio interdisciplinar e internacional fundado en 15 años de investigaciones, sobre 3 siglos de desigualdades en 20 países, recogido parcialmente en Piketty (2013), señala que, si el millar superior de población mundial se ha beneficiado de un crecimiento de su patrimonio de 6% por año, la progresión del patrimonio medio mundial no ha crecido sino en un 2% anual. Esto implica que, de seguir así, en 30 años la participación de esa milési- ma de población más rica sobre el total del capital del planeta se habrá más que triplicado, detentando más del 60% del patrimonio mundial. Lo cual es difícil de imaginar no sólo sin violentas reacciones políticas, sino incluso que ese proceso se realice compatiblemente con las instituciones políticas existentes y con el propio mercado capitalista.

Punto 11. Sobreendeudamiento generalizado.

Hasta ahora, para solventar parcialmente el problema del subconsumo, la clase capitalista ha venido intensificando y multiplicando el préstamo, es decir, la deuda. No sólo de particulares y hogares [por ejemplo entre 2001 y 2007, el nivel de deuda de los hogares aumentó un 80% en Estados Unidos; un 87% en el Reino Unido y, en España, un 168%. En 2007 y los años siguientes los hogares tuvieron más pasivos que activos]; también de empresas, instituciones, administraciones públicas y Estados.

En los países de la OCDE en su conjunto la deuda se elevó desde el 70% del PIB durante los años 1990 a casi el 110% en 2012. En 2018 la deuda total ascendió al 225% del PIB mundial (PMB), 21.866 € por habitante del planeta. Hoy es de un 365% del PMB.

Ese sobreendeudamiento no es sino una forma de quemar el propio futuro, pues tanto los beneficios como los salarios se verán crecientemente disminuidos en función de la obligación de satisfacer las deudas contraídas en el pasado [así por ejemplo las nuevas generaciones de al menos los años 30, 40, 50 y 60 de este siglo ya estarán endeudadas desde ahora]. Así que al peso de lo improductivo y de la dilución de la relación salarial estable, hay que sumarle el cada vez más abultado lastre de la deuda.

De igual manera, el sobreendeudamiento implica también en cada presente la extenuación del trabajo humano y la destrucción del medio social y físico, no sólo para intentar compensar la pérdida de valor y de plusvalor, sino para poder satisfacer los compromisos de deuda contraídos en el pasado, pues el crecimiento de la deuda desata una permanente necesidad de crecer y de generar dinero para satisfacer intereses. Si pido un préstamo de 100 unidades de dinero con interés del 4%, tendré que conseguir generar al menos 4 unidades de dinero más que las que existían, para poder devolver 104. Circunstancia que conlleva una insoslayable pulsión económica para acrecentar los rendimientos del trabajo humano (pago y no pago), así como de los procesos naturales o actividades extrahumanas.

Una exponencial necesidad de conseguir permanentemente:

más dinero + crecimiento + aumento de trabajo + gasto de energía + dinero…

El resultado es que el capital cada vez es menos capaz de valerse de su pasado (es decir, de una menguante plusvalía generada para ser transformada en nuevo capital para invertir), por lo que tiene que destruir el presente intensificando las tasas de explotación humana y ambiental, al tiempo que va consumiendo con creces su futuro, ya que los beneficios por venir estarán lastrados por las deudas del presente.

Punto 12. Se multiplican las dificultades para la ampliación del mercado.

El que los aumentos de productividad tiendan a aumentar la plusvalía, pero reduzcan al mismo tiempo el valor de las mercancías individuales, se ha podido compaginar hasta ahora para la ganancia media capitalista precisamente gracias a la expansión del mercado y al incesante incremento de la escala productiva (globalización), fabricando más y más mercancías con menos valor. Es lo que consiguió el fordismo ampliado y el capitalismo financiarizado a deuda durante un breve periodo de tiempo. Para ello la única condición es que el aumento de la productividad (con la consiguiente tendencia al descenso de empleos y del valor), sea menor que la ampliación de los mercados internos y externos que ella posibilita (Kurz, 1995, 2009).

Esto hasta ahora no era evidente porque en un determinado nivel del desarrollo tecno- lógico, la expansión del mercado ha ido acompañada de nuevas posibilidades de incorporación de fuerza de trabajo a los procesos productivos en sectores donde la composición orgánica del capital (capital fijo o máquinas sobre capital variable o seres humanos) no era tan elevada, con lo que se garantizaba de nuevo la reproducción del valor, en lo que parecía un ciclo virtuoso indestructible. Sin embargo, sobrepasado un cierto límite de desarrollo de las fuerzas productivas, con la revolución científico-técnica actual, se establece una relación destructiva entre capitalismo y tecnología, que significa que: 1) se hace cada vez más difícil compensar la pérdida de valor nuevo (plusvalor) mediante el «valor añadido» que proporciona el trabajo complejo -expresado también en la maquinaria- (dado que el tiempo socialmente necesario de producción se reduce extremadamente); y 2) la tendencia a reducirse el valor al mínimo no encuentra en el mercado posibilidades reales de expansión compensatoria (como se apuntaba en el segundo punto).

Al incrementarse exponencialmente la composición orgánica del capital, incluso las nuevas posibles expansiones del mercado no conllevan una incorporación paralela de fuerza de trabajo, dados los altísimos niveles de productividad alcanzados. Es decir, el ritmo de crecimiento del trabajo productivo desde el punto de vista de la valorización del capital, no se compagina con el nivel de crecimiento de la productividad. Y, por tanto, la tasa de ganancia productiva [vinculada necesariamente a la cantidad de (plus)valor incorporada en cada proceso productivo] desciende a un ritmo tal que arrastra a la masa de ganancia global. Y eso empezó a ocurrir de manera inocultable a partir de los años 70 del siglo XX.

La globalización y sus dinámicas de deslocalización empresarial, así como la ofensiva político-económica neoliberal, fueron el resultado forzado para compensar, durante un tiempo, la caída de la tasa de ganancia en las economías centrales del sistema capitalista.

En el primer caso, mediante un desplazamiento espacial (o deslocalización), invirtiendo el capital en las economías periféricas donde todavía no se había dado el proceso de sobreacumulación y donde aún se puede incorporar más trabajo vivo para la extracción de plusvalía (reemprendiéndose así una acumulación extensiva de capital). También expandiendo al tiempo el mercado, la velocidad de rotación del capital y el acortamiento de la vida de los productos. En el segundo caso, con la ofensiva neoliberal, se imprimen mayo- res tasas de explotación de la fuerza de trabajo y una menor redistribución al conjunto de la población del (menguante) beneficio conseguido; también se buscan nuevos espacios de valorización donde antes se inscribían los bienes comunes y las actividades humanas de preservación de la vida, es decir, el conjunto de la riqueza social que quedaba fuera del mercado7 (lo que supone a escala interna igualmente una nueva acumulación extensiva de capital). Todo esto implica, asimismo, intensificar la conformación de la naturaleza como fuente barata de energía y recursos.

La combinación de todos esos procesos ha proporcionado un margen temporal al capitalismo, pero al final uno tras otro van mostrando su agotamiento para continuar compensando la caída tendencial de la tasa de ganancia. La sobreacumulación llega más rápido de lo deseado a las economías periféricas convertidas en parte gracias a la masiva inversión de capital externo, en «emergentes»; la velocidad y amplitud a la que se reproduce el mercado no pueden contrarrestar la densidad a la que desciende el valor; el incremento de la explotación tendente a aumentar la plusvalía alcanza un momento, como hemos visto, que tampoco compensa la caída del valor; al tiempo que el empobrecimiento de la sociedad es contradictorio con la realización capitalista (o venta de lo producido). En cuanto a la mercantilización de las actividades sustentadoras de la vida y de la riqueza social en general, en su mayor parte tienen como objetivo apropiarse de más porción del valor ya generado (y expresado en beneficios y salarios), antes que crear nuevo valor mediante trabajo abstracto, lo que se ha descrito como «cosecha del valor» (Hanlon, 2014). Por su lado, los límites ecológicos inherentes a todas estas dinámicas se hacen inocultables (es importante tener en cuenta, por eso, que es el límite «interno» del capital el que presiona al sistema a su límite «externo» o ecológico).

Punto 13. El capital se desplaza fuera de la producción, en una financiarización enfermiza de la economía.

Al atascare el circuito primario de acumulación (donde se produce plusvalor según una dinámica de reproducción ampliada y donde los ciclos de valoración están en función de la producción y circulación de mercancías), se tienden a acentuar también el desplazamiento financiero, que implica una especie de trasmutación de los medios de acumulación de capital por la que el proceso de valorización mediante la producción de valores de cambio y la consiguiente reproducción ampliada del capital (D-M-D’), es subordinada a la vía monetaria de realización de la ganancia (D-D’), desatando el movimiento más ficticio e irreal de la acumulación capitalista, el espejismo de que el dinero «produce» dinero por sí mismo, sin la mediación del trabajo. El capital a interés especula al alza con la realización de beneficios futuros (hipotecando el presente).

Según acabamos de ver, a cada vez más capital-dinero le cuesta realizarse productivamente, por lo que intenta valorizarse a sí mismo fuera de la relación laboral, a través de todo tipo de inversiones especulativas-rentistas-parasitarias, como simple dinero. Es a esto a lo que se ha llamado «financiarización de la economía», que es algo substancialmente diferente de una fase financiera del capital y tiene consecuencias mucho más profundas. Básicamente significa que el dinero deja de hacerse capital-dinero y de contribuir, por tanto, al ciclo de acumulación (que era para lo que estaban destinadas las finanzas).

Con el proceso de financiarización de la economía se busca una salida ilusoria: que las dinámicas de valorización y realización del capital tiendan a converger, dándose el espejismo del empotramiento instantáneo de los tres principales momentos del proceso económico capitalista: financiación – producción – realización. La financiarización apuntala y refuerza, además, los otros desplazamientos y está imbricada en las nuevas formas de acumulación y en sus nuevas vías de valorización, de gestión de la fuerza de trabajo y de gobernanza social. También procura una suerte de «vida artificial» a la economía capitalista mediante su des- materialización o desligamiento del dinero respecto de cualquier mercancía.

Punto 14. El modo de producción capitalista se hace cada vez más ficticio (y disparatado).

Como parte del proceso de financiarización se da la exacerbación del capital ficticio, que Marx (1980) definió como las reclamaciones acumuladas (o títulos legales) sobre las ganancias futuras en la producción capitalista, es decir, sobre el «capital efectivo» o «real» (el que es invertido en medios de producción y trabajo, o el que permanece como capital monetario). Las acciones y los bonos no funcionan como capital real; son simplemente una reclamación sobre los beneficios futuros, por lo que el valor de capital de dicho papel es totalmente ilusorio. El documento de acreencia sólo sirve como título de propiedad que representa al capital real. Porque el capital no existe dos veces, como capital realmente invertido y como capital cuyo valor son títulos de propiedad de acciones. El «capital efectivo» sólo existe en la primera forma; mientras que las acciones son simplemente títulos de propiedad de una parte correspondiente de la plusvalía que se supone se deberá obtener.

Sin embargo, con el desarrollo del capital a interés y el sistema de crédito, el dinero parece multiplicarse a sí mismo por los diversos modos en los que el mismo capital, o tal vez incluso la misma reclamación sobre una deuda (o un posible capital) aparece en diferentes formas en manos distintas. La mayor parte de este «capital monetario» es, no obstante, puramente ficticia. La deuda pública constituye una de las formas del capital

ficticio. Las otras son las acciones empresariales, la mayor parte de los activos bancarios y los derivados. Se trata, en suma, de un dinero que busca reproducirse a sí mismo por fuera del capital industrial (es decir, más allá del valor como plusvalor), pero que a pesar de todo puede hacer las veces de un auténtico capital, como si procediera de la valorización del trabajo humano (de ahí su «ficción» y la de la economía que sustenta)8.

Para que el modo de producción capitalista se pudiera desarrollar como tal y hacerse hegemónico, tanto el capital mercantil como el capital a interés tuvieron que subordinar- se históricamente al capital productivo (que, recordemos, debe compartir el nuevo-valor generado con los otros). Pues bien, en el momento actual ha habido una inversión de aquella relación en favor del capital a interés, y más concretamente de una exacerbación de éste: la especulativo-parasitaria. De esta manera, no es de extrañar que la tasa media anual acumulada para la formación bruta de capital fijo haya venido descendiendo paralelamente al auge del capital a interés especulativo parasitario (CIEP). Lo cual tiene su traducción en el aumento de la discrepancia entre beneficio y acumulación de capital (como queda reflejado en el gráfico 8).

Gráfico 8. Tasa de beneficio (índice 2000=100) y tasa de acumulación, UE-15, 1960-2009 (porcentajes).

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Fuente: Álvarez y Luengo, 2011. Datos obtenidos a partir de la European Commission-Economic and Financial Indicators. Nota: La tasa de beneficio (reflejada en el eje izquierdo) se define aquí como los benefecios netos sobre el stock de capital neto. La tasa de acumulación (eje derecho) se define como la tasa de crecimiento del stock de capital neto constante total.

En general, si es cierto que el parasitismo financiero (que comprende a un tiempo la renta y el interés) ayuda al capital productivo a aplastar la oposición del factor Trabajo, también lo es que a la vez le va minando por dentro. Y es que el C.I.E.P. no sólo condiciona la producción y posibilita un crecimiento sin proporcional acumulación, también se pondrá al frente de la regulación social mediante la apropiación del Estado. Un «Estado privado» que resulta cada vez más incapacitado para regular la relación Capital/Trabajo, para funcionar como «capitalista colectivo» en pro del mantenimiento del sistema y por tanto para atemperar las convulsiones que cada vez más frecuente e intensamente le sacuden.

Puede verse en el gráfico 9 y en el cuadro 1 la secuencia de inestabilidad que acompaña a esta forma de capital, y cómo ésta no se dio cuando los mercados financieros estuvieron regulados.

Gráfico 9. Proporción de países que experimentan una crisis bancaria, 1900-2008. (Ponderado por su peso en el PIB mundial)

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Fuente disponible en https://www.les-crises.fr/mot-cle/olivier-berruyer/

Cuadro 1. Secuencia de crisis tras el cortocircuito económico-petrolero de los años 70 hasta nuestros días.

1. Quiebras bancarias en Estados Unidos (Penn Square, Seatle First Bank, Continental Illinois; primera mitad de los 80).
2. Crisis de la deuda de las economías periféricas (especialmente México, 1982).
3. Crack bursátil de mediana amplitud de Wall Street, de 1987.
4. 1989: quiebra y salvataje de las cajas de ahorro norteamericanas (primera crisis mundial inmobiliaria).
5. 1990: crack del Nikkei y del sector inmobiliario en Japón (sus grupos industriales se implantan como refugio en USA y China). Recesión mundial.
6. Comienzo de los 90: crisis en los mercados cambiarios europeos y sus ganancias especulativas. Imposición de políticas económicas bajo la excusa de manejar la inflación (Tratados de Maastricht y de Ámsterdam).
7. Segunda mitad años 90: desplazamiento espacio-temporal de las crisis financieras y las recesiones estatales que las acompañaban hacia la zona periférica del capital- ismo mundial
7a. Segunda crisis de la deuda en México («tequilazo») con repercusiones sobre la producción estadounidense.

7b. 1997-98: crisis del sureste asiático (especialmente de «los tigres»). 7c. Crisis rusa (agosto de 1998).

7d. Crisis brasileña («Efecto samba», septiembre de 1998).

7e. Debacle argentina (2001).

8. Años 2000: la crisis toca de lleno a las economías centrales.
Estados Unidos había derivado el capital-dinero hacia la «nueva economía» (léase Internet, el espacio virtual: 1998-2001). El NYSE y el NASDAQ (acciones de las firmas de alta tecnología) volvieron a ser el principal terreno de operaciones de los inversores financieros y managers del nuevo estilo. Los grupos industriales pasaron a comprar sus propias acciones (recomprar sus títulos en Bolsa para sostener su valor), endeudándose en el mercado de préstamos. Las adquisiciones de las firmas más débiles fueron financiadas por intercambios de títulos con precios que no tenían ninguna relación con su valor real. A comienzos de 2001 estalla la «burbuja Internet» (la de las nuevas tecnologías). El Nasdaq colapsa. Empresas-tipo afectadas: Enron, Vivendi… Entre 2000 y 2003 desaparecieron 4.854 compañías de Internet.
La crisis de 2007-2008 no fue sino el hasta hoy último estallido de esa Larga Crisis, que ha provocado una Gran Recesión. La forma en que se manifestó externamente fue financiero-bancaria. Todavía no habíamos salido de la misma cuando la actual pandemia del covid-19 ha venido a sumarse a los envites contra el ya maltrecho barco de la economía capitalista (esta vez su manifestación externa es de caída de la producción-con disrupción de las cadenas del valor- y de subconsumo).

El préstamo-deuda generalizado a partir de capital ficticio ha fungido hasta ahora no sólo como mecanismo paliativo del subconsumo causado por la precarización laboral y la incapacidad de las sociedades de consumir al ritmo de intensificación de la productividad, sino también como herramienta de subordinación y de destrucción de la sociedad, al generar una creciente inestabilidad económica, crisis más frecuentes y dañinas, empobrecimiento salarial, acentuación de las desigualdades9 y, para cerrar el círculo, más precarización laboral.

Punto 15. Desbocada creación de dinero de la nada.

Para intentar escapar de semejante atolladero sistémico, o cuanto menos disimularlo, las elites capitalistas han venido creando dinero ex nihilo, un «dinero mágico» sin ninguna relación con la producción, es decir, con el valor generado. Dinero inventado por cada vez más Bancos Centrales, al menos unos 40 en todo el mundo, que ha recibido el elegante nombre de «flexibilización cuantitativa» o de «aflojamiento monetario».

A partir del estallido de la crisis en 2008 la FED estadounidense creó de la nada 50.000 millones de dólares por mes. Lo que fue seguido pronto por el Banco Central de la UE, que realizó un «aflojamiento monetario» de 60.000 millones de euros al mes hasta diciembre de 2017. En total, los principales Bancos Centrales han creado unos 18 billones de dólares de nuevo dinero desde 2009. Aproximadamente el 22% del PIB mundial, unos 2.300 dólares por habitante del planeta (aunque obviamente ese dinero no va destinado a la población, sino ante todo a las corporaciones bancario-financiero-empresariales). En 2020, «el año de la Covid», se estima que la emisión de dinero ex nihilo se duplicó o incluso triplicó. Sólo de marzo a junio de ese año la FED, el BCE y el BOJ pasaron de 9,04 a 13,35 billones de euros inventados.

Con ese dinero «mágico» los Bancos centrales suministran reservas a los circuitos de pago y créditos, garantizando los depósitos de la Banca privada y proporcionándola cobertura. Es decir, convierten el dinero crediticio privado de las entidades bancarias (dinero-deuda privado creado del puro aire -alrededor del 97% del circulante-), en una promesa de pago estatal mediante sus pasivos. Con ello se pone a toda la sociedad como –involuntaria- avalista última, a cubrir las deudas y déficits del gran capital bancario-empresarial.

A partir de 2008 los Bancos centrales cambiaron los viejos préstamos malos de la Banca privada por nuevos fondos «buenos» (de dinero ficticio), sostenidos por tasas de interés rayando el cero o directamente negativas. Con ese «dinero mágico» los grandes capitales también pueden comprar riqueza social real y prestar dinero (que recibieron prácticamente gratis) ahora sí a altos intereses a particulares o empresas menores, disparando, como se ha dicho, el endeudamiento de la sociedad en su conjunto y la des- igualdad social. El ciclo de la apropiación privada de la riqueza social queda así cerrado. Con ello se sustenta, además, un crecimiento basado en una deuda que se multiplica exponencialmente a sí misma, cada vez a mayor distancia del valor generado y de su equivalente en dinero «real», y que se hace ya totalmente inmanejable, por lo que antes o después tendrá que darse una quita global o una situación de quiebra técnica del sistema. Eso querrá decir que el dinero perderá valor; las cuentas bancarias se volatizarán en gran medida.

Punto 16. Se da un acelerado agotamiento de los principales recursos. Se va reduciendo el acceso a la energía. Entramos en una fase de estanflación.

El «capitalismo verde» es un oxímoron que se traduce en un gran fraude. El 90% de la energía primaria que se consume en el mundo al comienzo de este siglo es de origen fósil. Sin embargo, el petróleo ya entró en su pico en la primera década del mismo y el gas lo hará en la década actual (materiales de primera mano como, por ejemplo, el aluminio y el hierro lo harán a mediados de este siglo). Igualmente se está acabando el carbón barato. Las minas de carbón del mundo tienen cada vez peor rendimiento, dan un producto de calidad decreciente que cuesta más de procesar, pero sigue siendo una de las principales fuentes de energía mundial. Hay que tener muy en cuenta que ninguna nueva fuente de energía dicha «alternativa» o «verde» puede suplir las prestaciones de los recursos fósiles. Las energías renovables no permiten la masificación de la movilidad, la velocidad y el gasto energético por persona que existe hoy en el sistema mundial capitalista y muy especialmente en sus formaciones centrales.

Las supuestas salidas verdes son también falsas. Verbigracia, se necesitan 1.700 galones de agua10 para producir uno de biocombustible. Y aunque el sol y el viento son renovables, los materiales necesarios para convertir estos recursos en electricidad –minerales como el cobalto, el cobre, el litio, el níquel y los elementos de tierras raras–, son todo menos renovables. De hecho, tienen ya también una vida muy corta (Colussi, 2021). El autodenominado «capitalismo verde», que predica también la sustitución del actual parque automotriz por autos de motor eléctrico, lo que pretende en realidad, además de cumplir con otros imponderables del beneficio empresarial, es salvar la «vaca sagrada» del capitalismo: el automóvil individual11. Con todo y, aun así, no quedará otra que aumentar la carga fiscal sobre gasolina y diésel, a la vez que se incluirá al transporte y a los edificios dentro de los mercados de emisiones. En conjunto, se producirá un aumento significativo del coste de la energía y del transporte, cuya escala dependerá precisamente de la dinámica incierta y especulativa de los mercados vinculados a los permisos de contaminación. La Comisión Europea ve plausible un escenario en el que se genere una subida de hasta el 22% en la calefacción con fueloil, o del 12% en la gasolina.

En general, es inevitable un encarecimiento exponencial de las materias primas y los alimentos (estos últimos según la FAO aumentan su precio un 39,7% anualmente, lo que supone ya y lo será más aún, una verdadera tragedia para miles de millones de seres humanos). Lo estamos experimentando, pero es sólo el principio.

De igual manera, en los próximos años el coste de la producción de energía aumentará tan inexorable como incontroladamente. El problema crecerá incluso si, de forma improbable, el valor de mercado de la geología de la energía permaneciera bajo. La energía no es una mercancía que se someta sin más a las leyes de oferta y demanda, sino un precursor de la actividad económica que fluye en una sola dirección: de disponible a no disponible. A diferencia de algunas otras mercancías, el precio de la energía viene fijado por la «capacidad de pago de las demandas más solventes», y está llegando al máximo ya en los mercados más oligopólicos, con lo que los costes cada vez más altos de la energía comenzarán a retraer los beneficios empresariales, una vez que el empresariado no pueda seguir repercutiendo en el mercado aquellas subidas, dada la insolvencia generalizada de la demanda.

Y es que la «transición energética» hacia tecnologías no dependientes de los recursos fósiles, especialmente emprendida en Europa sin apenas preparación previa, se quiere hacer en parte como medida geoestratégica contra Rusia (segunda reserva mundial de gas del mundo y una de las más importantes de petróleo), y ante todo a costa de la propia población, dado que,

Primero: los renglones estratégicos de la economía son vendidos en porciones a grandes conglomerados empresariales-financieros, fondos soberanos y banca en la sombra.

Después: sus precios se ponen en manos de mercados especulativos cortoplacistas (una especie de timba global), en favor de esas expresiones del Gran Capital.

Así pues, el proyecto de desmantelamiento de la generación eléctrica a partir de carbón y gas sin romper con la dictadura de la tasa de ganancia capitalista y sin preparar verdaderamente energías sustituidoras (que no han mostrado ni de lejos el rendimiento esperado), no hace sino incrementar más los precios de la energía, que cada vez será un bien al alcance de menos bolsillos. Ese eufemismo que llaman «pobreza energética» irá alcanzando a más y más capas de población. Entramos así, con toda probabilidad, en una larga y muy inestable fase de estanflación: caída de la actividad económica, del empleo y de los salarios, combinada con una permanente subida de precios.

El que se ha llamado «fascismo ecológico» podrá cobrar vida como intento de preservar para unos determinados países o para ciertas élites, los últimos recursos o las tecnologías imprescindibles para aprovechar los que vayan saliendo como parciales y temporales sustitutos de los mismos.

Punto 17. Se rompen las cadenas del valor. Entramos en una fase de contracción de la globalización o de desglobalización.

En adelante, no habrá que dejar de tener en cuenta la exacerbada subida de los precios del transporte, el atasco especialmente del marítimo, el almacenamiento de mercancías que no encuentran vías de comercialización o que no cuentan con fuerza de trabajo suficiente para darles salida, la imposibilidad de producir mercancías estratégicas y de extraer re- cursos básicos al ritmo que lo requiere la demanda… Es decir, una disrupción conjunta del tejido energético, industrial y comercial que no hará sino provocar desabastecimientos generalizados y disparar los precios finales de las mercancías. Eso significa también que las empresas irán dejando de producir por falta de compensación económica. Unas serán cuellos de botella de otras, y la carencia de más y más productos básicos será un hecho cotidiano ya en esta década de los veinte (como estamos empezando a padecer)12. Las cadenas de valor (dónde, cómo y cuándo se producen partes de una misma mercancía y dónde y cómo se consumen) vinculadas a la deslocalización y a la subcontratación sin fin, han comenzado a alterarse y lo harán más en el futuro inmediato. Circunstancia que junto a la escalada bélica mundial y de alineación de países en torno suyo protagonizada por EE.UU. (ver punto 20), pueden trazar un camino de desglobalización o, en todo caso, de globalización parcial, por grandes bloques regionales (UE, Mercosur, ¿Unasur?, Organización de Cooperación de Shanghái, RECEP, T-MEC, CEDEAO, ¿Unión Africana? …).

De hecho, si el comercio mundial aumentó exponencialmente entre 1950 y 2007, a partir de ahí el ascenso se ralentizó, con bruscas caídas después de 2008 y 2014, y por supuesto la que ha tenido lugar en 2020 (aunque esta última venía inserta en el descenso que ya se estaba produciendo desde 2018, antes de la irrupción de la pandemia. En el gráfico 10 puede seguirse esa evolución.

Gráfico 10. Tendencias en el valor de las exportaciones mundiales del comercio de mercancías entre 1950 y 2020 (en miles de millones de dólares estadounidenses)

Tendencias del valor de las exportaciones mundiales de bienes desde 1950 a 2020
Fuente disponible en https://www.statista.com/

En general, para cualquier análisis certero de lo que pasa en términos energético-económicos, es imprescindible lograr una visión integral, de totalidad, de lo que significa combinar el software, la fábrica digital y el trabajo material de minería de materias primas (como por ejemplo el litio), necesarias para sostener los elementos de la cuarta revolución industrial. Es decir, se trata de prever qué posibilidades o graves problemas habrá para entrelazar el trabajo físico, el intelectual, las operaciones digitales y la Inteligencia Artificial, más allá del espejismo de una «economía inmaterial». Los datos que tenemos por el momento indican que las elites mundiales han querido hacer ciertos cambios en las fuentes de suministro de energía para no cambiar de modelo económico-civilizatorio, pero les está saliendo mal, sobre todo a costa de las sociedades, aunque podría ser también una forma de contraer la demanda de cara a achicar la economía, acoplando la economía ficticia a la real.

Punto 18. El valor negativo o «negavalor» se irá extendiendo como mancha de aceite, generando un círculo vicioso cada vez más insalvable para el capital.

La sociedad se desmorona y la naturaleza nos obliga cada vez más a considerar en las cuentas de beneficio las consecuencias negativas de esa dinámica: contaminación de sumideros (tierra, agua, aire, atmósfera), multiplicación de tóxicos dañinos para la vida, esquilme-espolio de recursos y de las fuentes de reposición de los mismos, provocación de nuevas formas adversas de vida para la producción (plagas, «malas hierbas», contaminantes naturales, reacciones bioquímicas dañinas…), que suponen un peligro fehaciente para las posibilidades y nutrientes del propio valor capitalista.

Todo esto resulta en un «valor negativo» (o negación del valor: negavalor) en cuanto que destruye las fuentes de posibilidad y renovación del valor, obstaculiza seguir reproduciéndolo y a la postre le corroe. Así por ejemplo, la agricultura capitalista ha pasado de contribuir a la acumulación de capital, disparando la alimentación barata y reduciendo los costos de la fuerza de trabajo, a minar incluso las condiciones de medio plazo necesarias para renovar la acumulación (insumos químicos, pesticidas que tienen cada vez más efectos negativos sobre la vida, desertificación de tierras, plagas más resistentes, etc.). La realidad del calentamiento global socava las propias fuentes de la vida, trastocando todas las condiciones de posibilidad de la agricultura. Se perfila ya como la más potente amenaza en el futuro inmediato y la más palpable muestra de negavalor a escala planetaria. Dentro de las distintas formas en que éste se puede manifestar hay que considerar también la escasez de agua dulce, la acidificación de los mares, la erosión de la capa arable y la disminución de la fertilidad del suelo, el agotamiento de fosfatos, la deforestación salvaje, la forzada disminución de la variedad de semillas, el alto requerimiento de inputs para producir alimentos y el propio aumento de los inputs de los combustibles fósiles, entre numerosos otros factores.

De forma generalizada, los cambios biosféricos penetran las relaciones de reproducción globales con un inusual poder y notoriedad, generando una proliferación de actividades naturales y de vida que son hostiles a que se siga extrayendo beneficio a través de la naturaleza, e incluso corroyendo las posibilidades del valor y por tanto de la propia reproducción del capital. La «naturaleza barata» se ha acabado para el capital. Pero también la sobreexplotación del trabajo humano y la destrucción de la sociedad entrañan sus procesos de negavalor. Las 24 horas del día y la vida entera de los individuos no pueden ser puestas a disposición de la extracción de plusvalía. La extenuación (como forma de explotación extensiva e intensiva) de los seres humanos mercantilizados como «fuerza de trabajo» resulta a la larga un obstáculo insalvable. Adquiere muchas expresiones: hundimiento psicológico; substancial bajada de defensas que hace proliferar nuevas y viejas enfermedades; decline de los embarazos («huelga de vientres») y de la propia fertilidad; abatimiento colectivo; pérdida de rendimiento, etc., a lo que hay que sumar la previsible proliferación de pandemias.

El actual estado de cosas lleva, en definitiva, junto a los destrozos físicos y mentales de la población, a la imposibilidad de que ésta siga generando incesantemente un flujo de energía-trabajo para el capital a la velocidad e intensidad que éste requiere (recordemos la paradoja de la productividad vista en el punto 2).

Punto 19. La guerra social, el control y la vigilancia de la población se extremará, mientras el capitalismo intenta reinventarse.

Ante el caos sistémico generado, con debacle económica incluida, y ante su inocultable ineptitud para salvaguardar ni siquiera la salud de sus poblaciones frente a la actual pandemia, las elites del capital global han anunciado en el Foro Económico Mundial de enero de 2021, el Gran Reinicio del capitalismo13. Una vuelta de tuerca a la pérdida de democracia, al control poblacional, a la precarización de los mercados laborales, al empobrecimiento generalizado, al deterioro ambiental. Las mismas elites lo anuncian como la convergencia de los sistemas económicos, monetarios, tecnológicos, médicos, genómicos, ambientales, militares y de gobierno.

En términos económicos y de política monetaria, el Gran Reinicio implica una des- comunal concentración de la riqueza, por un lado, y el probable recurso a la emisión de una renta básica universal, por otro, para «mantener» a poblaciones sin empleo. Podría incluir también ciertas otras formas de «empleo a distancia» y muy parcial, el paso a una moneda digital, con una centralización de las cuentas bancarias y de los Bancos, una fiscalidad inmediata en tiempo real y una vigilancia y un control centralizados del gasto y la deuda. El Gran Reinicio significa también la emisión de pasaportes médicos, pronto digitalizados, incluyendo la historia médica, la composición genética y los estados de enfermedad de las personas. El covid-19 está suponiendo un entrenamiento ideal para que las poblaciones acepten medidas así.

En suma, aumenta para las élites la obsesión por el control y vigilancia de las poblaciones, acostumbrándolas a medidas de represión y (auto)disciplina, frente al declive civilizatorio en el que entramos. Los hipercontroles posibles por un mundo cada vez más digitalizado permiten hoy un poder de disciplina y sometimiento social cada vez mayor, con ayuda de la psicología de la «salud mental» (entendida siempre como adaptación al sistema, en cuanto que mansedumbre), y del total dominio sobre los medios de difusión de masas (lo que permite «cierres mediáticos» con continua transmisión de propagan- da, por lo general acompañando a la suspensión o conculcación de derechos sociales e individuales, y también a la militarización de las relaciones sociales e internacionales).

Punto 20. Se acentúa la acumulación bélica del capital. Inmersión en una geopolítica de muerte y caos.

El Gran Reinicio intensifica además la guerra como instrumento económico, geoestratégico, geoenergético y de relaciones internacionales, especialmente por parte del Eje Anglosajón (EE.UU.-Reino Unido) contra Eurasia, dentro de la cual hay que considerar sobre todo a la dupla ruso-china, pero también contra todas aquellas formaciones socio-estatales que pue- dan favorecer su proyecto o que estén en el camino del nuevo mundo multipolar que está construyendo China (Nueva Ruta de la Seda)14. Se trata de convertirlas en «Estados fallidos», es decir, destruidos: Afganistán, Somalia, Irak, Siria, Yemen, Libia, Sudán, Yugoeslavia…, son buenos ejemplos de ello. Conforme la economía se estanca y los recursos se hacen más escasos, las urgencias por la posesión de los mismos se disparan. La proliferación armamentística también. Las potencias imperiales en decadencia, y especialmente EE.UU., no van a ceder el terreno pacíficamente a las formaciones sociales emergentes. No sin guerra.

Los últimos anclajes de EE.UU. como hegemón son: a/ el dólar como moneda de cambio y de reserva del valor a escala internacional; b/ el ejército, que a su vez está vinculado al hasta ahora avance tecnológico estadounidense (EE.UU. tiene un gasto militar que casi equivale a la suma de todo el resto del mundo junto); c/ el cuasi-monopolio sobre las comunicaciones (donde se incluyen sus 5 gigantes tecnológicos: Amazon, Apple, Facebook, Google y Microsoft), incluida internet, lo que ha permitido a EE.UU., y por extensión a las formaciones sociales europeas, seguir «construyendo el relato» del mundo (a semejanza de lo que estas últimas vienen haciendo desde su expansión colonial en el siglo XV), la «fabricación de la verdad»: lo que existe y lo que no existe, lo que es bueno y lo que es malo, lo deseable y hasta lo imaginable (a finales del siglo XX todavía más del 85% de las noticias que circulaban por los medios de difusión de masas mundiales estaban «fabricadas» por cuatro grandes corporaciones mediáticas de las principales potencias mundiales).

Uno y otro de esos pilares se sustentan mutuamente: el dólar puede cumplir tales papeles globales porque su confianza se asienta en la fuerza de las armas del hasta ahora ejército más poderoso del planeta, mientras que éste ha podido seguir siéndolo gracias al papel global del dólar y a la consiguiente posibilidad de emitir dinero sin respaldo, así como de contraer deuda incobrable (lo mismo se aplica a su complejo tecnológico que, por otra parte, está en gran medida militarizado). Sin embargo, hoy ha aparecido un desafío con el que ni EE.UU. ni sus subordinados de la OTAN pueden lidiar fácilmente. Cada vez es más inocultable que China es ya la primera economía del mundo en términos de saldo neto entre deuda y haberes, y en términos de paridad de poder adquisitivo. Por lo que se va haciendo más probable que la desglobalización signifique también una «desoccidentalización» del mundo.

Frente a ello el hegemón estadounidense en declive, y sus subordinados europeos, pro- mueven distintas modalidades y pasos de una guerra total. Como parte vital dentro de ella el Eje Anglosajón, que domina el mundo desde el siglo XVIII, tiene como objetivo obsesivo impedir la consolidación de Eurasia como sujeto mundial, lo que significaría sin remedio el fin de su dominio (esto quiere decir que EE.UU. necesita también crear situaciones bélicas y de inseguridad en Europa para mantener a la UE subordinada militarmente -a través de la OTAN- y energéticamente -dependiente de los propios recursos estadounidenses-). Para ello, tiene primero que debilitar a Rusia y aislarla del resto de Europa. La provocación de la guerra de Ucrania es una batalla dentro de esa estrategia de muerte y geopolítica del caos. Pero esa Guerra Total en la que ya hemos entrado tiene otras expresiones en cuanto que combina las mencionadas intervenciones militares directas o a través de intermediarios, con agresiones o sanciones económicas, batallas judiciales (propiciadoras de golpes de Estado -Honduras, Brasil, Ecuador o Paraguay, han sido claros ejemplos de ello-, así como persecuciones políticas de primer nivel a través del poder judicial -la de Julian Assange está siendo un ejemplo arquetípico-), ofensivas híbridas con guerra mediática de por medio, donde la Mentira se convierte en elemento clave estratégico. Además de ataques cibernéticos y de la batalla por la estratosfera (todo ello con cada vez más proliferación de armas atómicas, químicas y bacteriológicas, entre otras).

Una Guerra Total y una proliferación de fuerzas destructivas anti-valor, en suma, que acompañan la degeneración de toda la civilización capitalista y que amenazan con arrastrar con ella al conjunto de la humanidad.

Andrés Piqueras Infante, Universitat Jaume I (Castellón), Miembro del Observatorio Internacional de la Crisis España


Notas

[1] Cuanto más sofisticadas, más compendian el desarrollo conjunto de la sociedad, el saber colectivo depositado a lo largo de generaciones. Cuando contribuyen a aumentar aceleradamente la productividad, también reducen en proporción el valor de cada mercancía que generan: depositan menos parte de su valor en cada una de ellas (las cantidades de trabajo indirecto suyo son, como las del trabajo humano directo, también menores). Con el proceso de tecnificación de la producción se va dando una estructural desproporcionalidad entre el científicamente desarrollado capital fijo y la masa de fuerza de trabajo que puede ser todavía empleada con rentabilidad.

[2] Fueron fabricadas para producir esas mercancías (esa potencialidad estaba incluida en su valor original: por eso forman parte de lo que Marx llamó capital constante). En cambio los seres humanos trabajan, generando valor nuevo al hacerlo.

[3] En realidad, una buena parte de los empleos se recuperaron gracias a la terciarización económica expresada en forma de servicios sociales, es decir, por mor de la redistribución de la plusvalía que acompañó a la construcción del Estado Social, en cuanto que logro histórico de las luchas de clase, posibilitado por la desconexión soviética con el orden capitalista y el (relativo) equilibrio mundial de fuerzas. Logro que, paradójicamente, salvó al capitalismo de sí mismo, permitiéndole un nuevo ciclo de acumulación que fue acompañado de un aumento de la redistribución y la consecuente alza de la demanda. Pero disparó a su vez el peso del trabajo improductivo respecto del productivo, peso que desde hace al menos tres décadas resulta, como se acaba de indicar, poco soportable para un sistema con renqueante producción de plusvalía productiva.

[4]Ya estamos viendo cómo en cada vez más formaciones sociales se necesita un mayor incremento del PIB para asegurar la creación de empleos (lo que sustenta también la tendencia a que en cada recesión capitalista se eliminen más empleos de los que en el magro remonte posterior se puedan recuperar).

[5] Dentro de éstas incluye a) empleo temporal; b) arreglos contractuales que implican múltiples partes; c) relaciones de empleo ambiguas; d) empleos a tiempo parcial.

[6] Al tiempo que se obliga a las persones a una continua curriculización de la vida, de cara a no resultar insignificantes, intentando “venderse” lo mejor posible (Piqueras, 2018). Circunstancia que se traslada al conjunto de sus dispositivos comunicacionales (webs, Instagram, Facebook, Twitter o resto de redes de cualquier tipo) y, en general, a todo aquello que hoy forma parte de su vida relacional, con permanentes presentaciones (curriculares) sobreevaluadas o directamente falsas del yo incluso entre los “grupos de iguales”.

[7] Aquí hay que contar con el desplazamiento temporal del capital excedente, consistente en que los flujos de capital se alejen del terreno de la producción y el consumo inmediatos (circuito primario de la economía), para invertir en infraestructura productiva a ser rentabilizada en un futuro más o menos lejano (circuito secundario de la economía: instalaciones, capacidad de generación de nueva energía, nuevas vías para el traslado de mercancías y fuerza de trabajo, etc.), o bien en gasto social que favorezca la investigación y el desarrollo y, en general, la cualificación de la fuerza de trabajo en el porvenir (circuito terciario de la economía). Sin embargo, en la actualidad ese desplazamiento temporal está siendo integrado en un tipo de desplazamiento espacio-temporal en el que la inversión se dirige a ámbitos del circuito secundario que no representan una fuente de inversión productiva a futuro, sino especulativa, como verbigracia, los mercados del suelo, vivienda e hipotecario.

[8] Por muy “ficticio” que sea ese capital (en cuanto que deuda puesta a funcionar como si fuera capital-dinero), se puede apropiar de la riqueza real social (de los hogares, empresas, viviendas, servicios sociales, instituciones públicas, transporte, comunicaciones…) y natural (recursos energéticos, materias primas, bosques, aguas, tierras…). Para ver cómo se pone al frente del propio capital productivo tengo que remitir a Piqueras (2017b). El Bank for International Settlements en su Quarterly Review de junio de 2011, reportaba haber recibido datos bancarios hasta diciembre de 2010 por un total de 601 billones de dólares en derivados emitidos, lo que suponía casi 10 veces el PIB mundial. Otras fuentes estiman, sin embargo, ese monto de capital ficticio en torno a 30 veces la riqueza mundial “real”. En cualquier caso, en 2012 el Banco de Basilea confirmaba que el monto total de derivados financieros superaba los 720 billones de dólares, lo que suponía un crecimiento de un 20% en poco más de un año (Dierckxsens y Jarquín, 2012:40).

[9] El funcionamiento económico depende cada vez más, como vimos, del endeudamiento masivo de empresas, familias e instituciones [así por ejemplo, España pagó en 2019, 30.175 millones de € sólo en intereses de la deuda (el equivalente a las aportaciones del Estado a la Seguridad Social). Para pagar esos intereses, el Estado emite obligaciones que van generando más deuda futura de forma imparable]. Ese mismo proceso de endeudamiento hace que la cantidad de intereses totales que se deben mundialmente cada año crezca de manera exponencial, lo que además de otras consecuencias ya atendidas, va concentrando cada vez más la riqueza en un reducido grupo de acreedores.

[10]Un galón equivale a unos 3,7854

[11] En 1976 había 342 millones de vehículos en el mundo. En 1996 había 670 millones. En 2016 había 1,32 mil millones. Por lo tanto…En 2036 habría 2,800 millones de vehículos en el mundo, si es que continúa la misma tasa de crecimiento, por la que el total se duplica cada 20 años. ¿Es eso sostenible, por muy eléctricos que fueran los autos?

[12] De momento los Estados subvencionan el petróleo para que no cierren siderurgias y minas a cielo abierto, dado que sin ellas no hay acero para fabricar coches eléctricos ni la posibilidad de que grandes buques los muevan por los mercados del mundo. Pero ¿hasta dónde podrán subvencionar para que sean fabricados los bienes y servicios destinados a las mayorías, cuando el margen de ganancia no pueda agrandarse?

[13] Que puede suponer tanto el paso hacia un capitalismo final, barbarizado y definitivamente despótico, como el salto (tras ese escalón intermedio o no) hacia un modo de producción automatizado donde la relación salarial constitutiva del capitalismo se vaya extinguiendo por sí misma (quien posea las máquinas “humanoides” ya no precisará de asalariados/as: biogenética + inteligencia artificial + robótica permiten máquinas sustituidoras de humanos). “Islas” de automatización mundiales combinadas con formas de explotación precapitalistas (esclavistas, entre otras) para la mayoría del planeta, y una ingente cantidad de humanidad “sobrante”, puede ser un escenario probable a medio plazo, no sin antes haber experimentado la humanidad los terribles sufrimientos y muerte que acompañan a un sistema en abierta descomposición

[14] Un factor decisivo diferenciador del anterior “bipolarismo” EE.UU./URSS es que la potencia china en auge juega de momento con las mismas reglas del capitalismo mundial, pero poniendo patas arriba todo el “Consenso de Washington” y venciéndole en su propio terreno. Todo ello a la par que conserva elementos bien definidos de una sociedad en transición socialista. De cómo se dirima interna y externamente el peso de unos u otros factores de la formación socio-estatal china (lucha de clases interna y también a escala del capital global), dependerá en buena medida el decurso de la humanidad en el futuro inmediato.

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Fuente: Observatorio de la Crisis

12 comentarios sobre “20 PUNTOS CLAVE PARA ENTENDER LA MORTÍFERA DECADENCIA DEL CAPITALISMO. Andrés Piqueras.

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